De los Austrias, a los Borbones.
La casa de Austria alcanzó su máximo poder y esplendor con el rey Felipe IV, nieto del todopoderoso Felipe II, a quien en sus dominios nunca se ponía el sol pues al ser tan variados circurvalidaban el mundo entero, rey de Portugal por la muerte de su tío Enrique el cardenal de Portugal, apoyados por la casa de Braganza, únicos que podían disputarles la corona como se vio más tarde, poseían un imperio como nunca lo habrá, el mundo hablaba en castellano y dirigía la política internacional con mano firme y férrea, como solo hoy se atreve a hacer Norteamérica.
La desgracia se sirvió en la Casa de Austria poco a poco, las cortes europeas en su mayoría se aliaron contra la Casa de Austria y solo el pacto de familia pudo hacerles frente, uniendo esfuerzos las ramas de la misma familia en la lucha por los valores católicos, contra los protestantes; Pronto las sublevaciones por una serie de problemas internos y corrupción, el mal que hunde todos los imperios, unido a los pillajes de los barcos españoles por navegantes corsarios ingleses y holandeses, así como la sublevación de Cataluña apoyada por Francia, la creadora de los dolores de cabeza de estos tiempos, a lo que se unió el levantamiento de los Braganza, que tenían mejores derechos de sucesión que la propia corona en Portugal y para colmo el único heredero Baltasar Carlos, se perdió en la juventud, sin tener un claro sucesor, las demás coronas no eran consideradas como dignas de emparentar con la española, el vital rey se vio obligado a buscar esposa, solo tenía una hija viva y para no cambiar las directrices de la política se vio casi en la necesidad de casar con su sobrina Mariana de Austria, desconocedor de los problemas de las bodas consanguíneas, con ello sembraría el grave problema sucesorio del trono español, que pagaría la patria, al parecer sus años de lujuria según dijeron los coetáneos, los pagaría el pueblo, en una especie de maldición constante, ya que el país comenzó en una espiral que iba de mal a peor, al no estar él pendiente de los asuntos de estado donde el todopoderoso Conde-Duque de Olivares hacía y deshacía a su antojo.
Tras Baltasar, la única heredera y princesa de Asturias, Viana y Gerona, se llamaba María Teresa, hija del soberano y la difunta reina Isabel de Borbón, tan solo lo sería hasta 1659, aún no había nacido Carlos II que lo haría dos años después y sería el verdadero sucesor, la nueva unión del soberano buscaba la llegada de más herederos varones pero mientras de sus 35 hijos bastardos, la mayoría varones, de los que alguno reconoció como Don Juan José de Austria, uno de sus favoritos por sus eficacia como demostrará más tarde como virrey de Cataluña y válido real, y mucho más mayor que el heredero y la salud de los mismos era normal, la salud de los herederos de la gran corona era corta y enfermiza, por su único hijo superviviente Carlos, llamado luego el segundo o el hechizado, sería la peor salud de una persona que llega vivo a la edad adulta.
La historia estaba ya embarcada en un lio sucesorio de difícil solución, en el que los Austrias de aquel país, aunque una generación por detrás sucesoriamente, tenían los mismos genes del rey Felipe IV, por la hermana de este que casó con el emperador, ya se habían repartido con las potencias europeas el reino español antes de morir el monarca. Por lo tanto la Casa de Austria se embarcó en aliarse con sus antiguos oponentes, con tal de que no se unieran las dos potencias más importantes del continente bajo la misma persona, posiblemente el rey sol o su hijo. Tras la muerte de Carlos II en 1700, teníamos un testamento en el que el sobrino sobreviviente del soberano Luis, que para colmo aspiraba a tener la corona francesa, tenía varias amantes con un montón de hijos, había sacado el mismo desarreglo de su antepasado, por lo que declinó su puesto a su hijo segundo un tal Felipe, casualmente el nombre del mismo difunto soberano, nacido el mismo año en que falleció la antigua princesa de Asturias, su abuela María Teresa, tenía solo 16 años, era el único heredero cercano razonable, un segundogénito, sin contar los extramatrimoniales del soberano Felipe IV, muchos eran religiosos, por lo que en Francia creían arreglado así el problema, separando las coronas francesa y española, manteniendo así un pacto de familia encubierto, como así temían los demás países. Pronto se proclamó el nuevo rey Felipe V con la intención de viajar a España para ocupar la corona cuando de repente estalló. La treta no colaría y la Guerra de Sucesión se declaró en 1701 para desgracia de España, que perdería varias poblaciones históricas al menos por unos años, Gibraltar que aún sigue perdida y Menorca que se recuperaría bajo el reinado del mejor monarca de la casa de Borbón, Carlos III, muchas familias españolas cayeron en desgracia en aquel tiempo, nunca se recuperarían a su antigua gloria, perderían su nobleza inmemorial a ojos de los nuevos soberanos a favor de una nueva serie de familias arribistas que coparían la cúpula de la nación permanentemente, estos rodeados de los nuevos nobles de origen o patrios llamados afrancesados, al cambiar de bando, que aún campean por este reino, donde los que no fueron apenas nada se han quedado con las herencias de las familias históricas por unos arreglos jurídicos sospechosos por lo menos de arreglo y las venden violando los derechos históricos familiares o entroncaron con ellas dudosamente, esos que hoy a sus ojos y comparativa creen que no son nada, cuando durante diecisiete siglos fueron lo máximo del honor de la patria, pocos supieron jugar a los dos bandos y entre ellos la Casa de Medinaceli, Alba y Osuna, la primera que había desempeñado el cargo de valido del difunto rey, lo que hace sospechar que tuvo que cambiar de bando tras hacerse el dichoso testamento, ya que otros cayeron en desgracia y tras conquistar Carlos VI el pretendiente austriaco, hasta la capital Madrid y empezar a reinar, dar mercedes que nunca se rehabilitarían y negociar el tratado de Utrech, en donde se repartirían las posesiones europeas, las potencias de turno, solo la muerte de familiares le llevó a ejercer de emperador austriaco y a desistir de ocupar la corona española. Los ejércitos tras varios fallecimientos familiares de altos herederos aceptaron el tratado finalmente pero ante la lealtad de algunas casas nobiliarias se pudo establecer el reinado pacífico del primer Borbón, aunque la lealtad del pueblo fue variable y relativa a lo sucedido en la guerra mencionada que duró nada menos que trece años, la historia recomenzaba y una herencia muy cuestionable tomaba nuevo rumbo.




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